martes, 7 de abril de 2015

EL GÉNESIS
    En el principio no había nada de nada. Dios estaba aburrido como un hongo y tuvo la idea de crear algo con qué entretenerse, de modo que con su gran poder creó los cielos y la tierra.
    La tierra estaba vacía, era como un abismo lleno de tinieblas. Dios sobrevolaba lo que había creado y como no se veía nada, dijo: “¡Hágase la luz!”, entonces pudo ver y se puso muy contento. A la luz le llamó “día” y a las tinieblas las llamó “noche”. Esto le llevó un día.
    Al segundo día hizo una expansión en medio de las aguas, y la llamó “cielo”.
    El tercer día juntó las aguas que estaban debajo de la expansión y descubrió zonas secas. Llamó “mares” a las aguas y “tierra” a las zonas secas. Hizo crecer en la tierra hierba que dé semillas y árboles de distintas especies que también den semillas y frutos.
    El cuarto día se dedicó a hacer lumbreras en el cielo para que sirvan de señal para el día, la noche, las estaciones y los años. Así apareció el sol para alumbrar el día y la luna para que la noche no sea tan oscura.
    El quinto día creó reptiles que se mueven por sí mismos en las aguas y aves que vuelen en el cielo, también creó ballenas y peces. Les dijo a todos que se multipliquen.
    El sexto día hizo animales salvajes y ganado. Como le parecía que faltaba algo se le ocurrió crear al hombre más o menos parecido a él y le puso un cerebro un poco más grande que el de los animales para que pudiera manejarlos. También creó a la mujer, para que pudieran reproducirse.
-Queridos míos –les dijo- multiplíquense que hay que llenar la tierra. Ahí les dejo hierba, árboles con frutos, animales de todo tipo para que coman y agua para que beban.
    Llegó el séptimo día y Dios, bastante cansado, reposó feliz de todo lo  que había creado.
EL EDÉN
    Cuando Dios creó las plantas, todavía no llovía ni estaba el hombre para cuidarlas, pero de la tierra subía un vapor que las regaba. Entonces, con la idea del hombre en la cabeza, tomó polvo  de la tierra y lo moldeó, después le sopló su aliento en la nariz y el hombre tuvo vida.
    Dios había plantado un huerto en la parte oriente de Edén y allí puso al hombre que había creado. En el huerto había un montón de árboles con frutos deliciosos, también estaba el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Del huerto salía un río que lo regaba y que de ahí se repartía en cuatro ramales. A un ramal lo llamó Pisón. Este ramal rodeaba la tierra de Havilah, que estaba llena de oro, bedelio y piedra cornalina. El otro río era Gihón y rodeaba toda la tierra de Etiopía. El tercer río era el Hiddekel, que pasaba por delante de Asiria, y el cuarto era el Éufrates.
    Dios le dijo al hombre que cuidara y labrara el huerto, que podía comer frutos de cualquier árbol menos del de la ciencia del bien y del mal, porque si lo hacía, moriría. Después pensó: “Pobre tipo, acá solo. No tiene nadie que lo ayude, se va a aburrir como me aburría yo antes de crear la tierra…” Ese pensamiento le quedó dando vueltas en la cabeza.
    Al hombre le había puesto el nombre de Adam. Dios le fue trayendo todos los animales para que Adam les pusiera nombre. Cuando Adam se durmió, Dios le sacó una costilla, cerró la herida sin que le quedara una marca, porque Dios era Dios y lo sabía todo, y con esa costilla, nada más, creó una mujer. Cuando Adam se despertó, Dios se la presentó y le dijo que esa sería su compañera. Adam, como tenía la tarea de ponerle nombre a todo, la llamó Varona, porque estaba hecha con hueso de varón. Y contentos y sin vergüenza, Adam y Varona andaban por ahí desnudos, paseándose por el huerto.
    Pero resulta que un día apareció la serpiente, que era la más astuta de todos los animales y que además hablaba!!!! Se acercó a la mujer y le dijo:
-¿Así que Dios les dijo que no comieran de todos los árboles del huerto?
-Sí comemos de los frutos. Del único que no podemos comer es del de la ciencia del bien y del mal, porque si comemos de ese árbol, nos vamos a morir.
-No se van a morir –dijo la serpiente- Lo que pasa es que si comen de ahí van a ser como Dios, porque van a conocer el bien y el mal.
    La mujer miró el árbol, que tenía unos bonitos frutos y también sintió curiosidad por conocer qué era eso del bien y del mal, así que tomó un fruto y lo comió, y también le dio a su marido. Entonces se dieron cuenta que estaban desnudos y se taparon con hojas de higuera.
    Al otro día escucharon que Dios andaba paseando por el huerto y se escondieron.
-¿Dónde estás, Adam? –llamó Dios.
    Adam respondió detrás de unos árboles.
-Oí que andabas por el huerto y tuve miedo porque estoy desnudo, por eso me escondí.
-¿Quién te enseñó que estabas desnudo? –dijo Dios- ¿Acaso comiste del árbol que yo te mandé que no comieras?
-La mujer que me diste por compañera me dio un fruto del árbol y yo comí –respondió Adam.
-¡Qué hiciste? –le dijo Dios a la mujer.
-La serpiente me engañó y yo comí –respondió Varona.
    O sea     que se echaban el fardo unos con otros. La cuestión es que la primera que cagó fue la serpiente habladora, porque Dios se enfureció.
-Maldita serpiente! Te vas a arrastrar toda tu vida y comerás polvo. A partir de ahora vos y los hombres serán enemigos, porque vos los morderás y ellos te matarán a golpes en la cabeza.
-Y vos, desgraciada –le dijo a la mujer- Vas a tener hijos con mucho dolor y tu marido será tu dueño.
    Por último se dirigió al hombre:
-Por haberle hecho caso a tu mujer y comer lo que no debías, ahora tendrás que trabajar como un animal sacando espinas y cardos para poder cosechar plantas para comer.
    Adam le cambió el nombre a su mujer y le puso Eva, que era más lindo que Varona.
    Dios se agarraba la cabeza. Les hizo a ambos unas túnicas con pieles para que se vistieran. Y pensó “Estos dos ya comieron del árbol y saben del bien y del mal. Lo único que falta es que coman del árbol de la vida y vivan para siempre”, así que para prevenir esto, los echó del Edén, y por las dudas creó unos querubines con unas espadas encendidas para que cuiden el árbol de la vida.
    Adam y Eva andaban como dos parias por ahí, procurándose comida como podían, pero a pesar de las dificultades se las arreglaron para tener sexo seguido. Así tuvo Eva dos hijos seguiditos. El mayor fue Caín y el menor, Abel. Con el tiempo, Caín se hizo labrador de la tierra y Abel fue pastor de ovejas.
    Adam y Eva querían a Dios como a un padre (¿a quién sino?) y le daban ofrendas para tenerlo contento. Así fue que una vez, los niños -que ya habían crecido y trabajaban, le llevaron ofrendas a Dios. Caín le llevó los primeros frutos de sus cosechas y Abel le ofrendó los primeros corderos que tuvieron sus ovejas. Dios se engolosinó con los corderos y a los vegetales de Caín no les dio ni bola. Como se imaginarán, Caín puso tal cara de culo que no se aguantaba ni él mismo.
-¿Se puede saber por qué tenés esa cara? -le preguntó Dios-.Caín ni le contestó. Se quedó rumiando su rabia.
    Al otro día, los dos hermanos fueron a trabajar al campo y Caín aprovechó para darle un piedrazo en la cabeza a Abel y sacárselo de encima.
    Dios, que todo lo sabía, buscó a Caín.
-¿Adónde está tu hermano? -le preguntó.
-Qué se yo! -contestó Caín- ¿Acaso soy la niñera de mi hermano?
-¡Qué hiciste! -le espetó Dios- ¡La sangre de tu hermano clama justicia desde la tierra! ¡Maldito seas a partir de hoy! La tierra no te producirá frutos y andarás errando de aquí para allá.
-Me equivoqué. Me dejé llevar por la rabia y ahora estoy arrepentido. Ya sé que no me vas a perdonar. Me echaste, la tierra no me va a dar frutos y andaré solo por ahí. Pero encima cualquiera que me encuentre me matará.
-Yo me encargaré de que no te maten, pero ahora quiero que te vayas de aquí. -respondió Dios.

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